jueves, 9 de agosto de 2007

Aquel primer encuentro

Yo estaba en esa esquina, sumido en la soledad y - te lo confieso- sin ganas por la vida. De pronto, tu, en esa Ford Ranger Splash negra (que luego supe era el vehículo de tu madre). Una, dos, tres veces pasaste a mi lado y me mirabas con la intensidad que en esos momentos tenía la noche para ti y para mi. Mi corazón palpitó de manera extraña y "cosas raras" pasaban en mi organismo de hombre triste... ¿es a mi a quién observa ese muchachito de rostro tierno?, ¿soy yo el motivo de su insistencia en esta noche de ciudad aquí en AguaTemu?, eso me pregunté muy inquieto. Como estaba decepcionado del amor Gay y no tenía ganas de intimar con nadie (en ningún aspecto) preferí moverme de esa esquina y caminar. Lo hice lentamente, sin prisa, como queriendo que aparecieras de nuevo. Y lo hiciste.
Una cuadra más allá doblaste la esquina, estacionaste la camioneta y me esperaste. Yo me detuve en la nueva esquina, a tan sólo unos metros de ti, muy nervioso y algo inseguro. No quería cometer un error o mal interpretar la escena. Me acerqué, bajaste el vidrio del lado del copiloto y me hablaste por vez primera. Eras, definitivamente, un ángel que iluminaba mis horas oscuras y - con una leve sonrisa en tus labios juveniles- me invitaste a subir y a acompañarte. Yo fui directo (¿lo recuerdas?) y te advertí que no era un hombre fácil, que no acostumbraba a tener sexo a la primera y que lo único que podía ofrecerte en ese momento era compañía y una conversación amable. Y aceptaste. Y nos fuimos, nerviosos ambos, buscando un rincón citadino que nos diera algo de intimidad para ese primer encuentro.
Al poco andar y luego de escucharte hablar (era eso lo que necesitabas en ese momento), entendí que tenía frente a mi a un Principito poderoso, capaz de desafiarlo todo en pos de conseguir sus objetivos. Vi en tus hermosos ojos verdes, de pestañas tupidas y largas (tu sabes que yo colecciono ojos, te lo he dicho muchas veces) , una inmensa soledad y tristeza, algo de frustración tal vez, y una inmensa capacidad para amar. En eso eres muy similar a mí, pero con 10 años menos de vida. El momento fue mágico y sólo entrada la madrugada (a eso de las 2 AM) te dije que era mejor que regresaras a tu casa, que tus padres debían estar preocupados y que - si querías- podíamos vernos de nuevo en otro momento (yo rogaba, en silencio, que aceptaras esa invitación). Curiosamente - por esos encuentros preñados de sentido de los que habla Nietzche- vivíamos muy cerca el uno del otro (en el mismo sector, por Avenida Estadio)... me bajé en una esquina cercana a la calle de mi casa y - antes de hacerlo- tu anotaste mi número de teléfono celular prometiéndome que habría otra conversación y, tal vez, algo más. Yo sonreí, me despedí de ti acariciando una de tus piernas suavemente y me bajé. Desde esa noche no te olvido, desde aquel momento te busco y te necesito.

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