viernes, 10 de agosto de 2007

Crisis de hoy, recuerdos de ayer

Estoy con los dedos congelados e insensibles, leyendo "La parte de Fate" de 2666 de Bolaño, y esperando a que se mencione mi nombre por los parlantes para efectuarme los exámenes necesarios, entre ellos la "Contramuestra" solicitada y que verificará que la sangre analizada en el Instituto de Salud Pública hace ya casi dos meses era efectivamente la mía y que el diagnóstico era el correcto: VIH Positivo. El aire está enrarecido, mezclando olores tempranos de cuerpos ajenos, bocas mal lavadas, con mi colonia de niño recién nacido. En cualquier minuto me llaman. La gran sala de espera está llena de "padecientes" (no pacientes) y la puerta hacia la antesala definitiva de los exámenes se abre y cierra permanentemente. El espacio es cruzado por la voz extraña de la mujer que avisa por altoparlante el turno de cada uno, de manera casi robótica e insensible. Son cientos de historias de dolor humano, paralelas y convergentes en este sector de Hospital Público. A mi lado, de pie, una joven estudiante de uniforme, con falda gris muy corta y plisada, y cara redonda como de luna llena (con clara raigambre indígena) juega con su celular y también espera la clavada aquí en el Servicio de Laboratorio Clínico...¡Por fin mi nombre!... ahora a sentarse en estricto orden para esperar ser penetrado en ayunas. La vena se hinchó enorme y la aguja entró esta vez algo más dolorosamente que de costumbre. Pero fue breve. Tres pequeños recipientes plásticos recibieron parte de mi chorro de sangre matutina, y listo. ¡Que pase el siguiente!...
Luego vino el desayuno en el casino del Hospital Regional; un café y un sándwich de queso con algo de ají en pasta bien rojo, para entrar en calorcito y en la vida. Me gusta observar a los médicos jóvenes, todos como semidioses, la mayoría mancebos dignos de ser degustados en la cama. Me atraen los jóvenes bien hombres, o los hombres con cara de niño, que no sean afeminados (la idea es tener sexo con un hombre y no con alguien que crea o sienta ser una mujer. No. Eso no). Muy cerca mío hay uno, más bien bajito, de rostro perfecto para mi, espaldas y piernas atractivas, que habla por celular y sonríe. Al pasar a mi lado me mira, enfundado en su delantal blanco del cual sobresale el cuello de su camisa verde. Me gusta, me gusta mucho, y no es primera vez que lo veo. Se pasea también, como pequeño futbolista, por el 5º piso visitando a los enfermos de la UTI y UCI cardiológica. Me lo he imaginado desnudo, hummmm, junto a mi, sonriendo tierno entre las sábanas.
Cada vez que llegabas a la casa de mi madre y subías hasta mi dormitorio, yo hacía una fiesta espontánea y te abrazaba con ganas, deseando tener inmediatamente tu cuerpo, hundiendo mis manos adentro de tu pantalón buscando tus suaves nalgas... ¿Te acuerdas?... Eras todo lo que necesitaba, eras mi felicidad completa. El televisor encendido, tu sonriendo, tu calorcito suave y el amor que ambos sentíamos que iluminaba esos momentos. Pasión y amor. Sexo y libertad suprema. Complicidad. Ternura desatada. Ángeles (o pequeños demonios) fornicando y sintiendo que la realidad de allá afuera no existía. El mundo se detenía para dejar que nuestras lenguas se mezclaran y recorrieran los rincones más agradables de la humanidad completa. Hasta quedarnos dormidos un rato, hasta olvidarnos del tiempo. Mis dedos se deslizaban furtivos, silenciosos, lentamente, por tu vientre erizado de placer, sintiendo oleadas que hacían estremecer tu cuerpo; eras un planeta de carne perfecto para acariciar eternamente. Un bocado de medianoche. Mi placer culpable.

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