He soñado contigo, te he visto y ha sido lindo... sin hablar, despacito, caminabas hacia mí con una sonrisa de amor emergiendo de tus labios frescos. La mirada entre el cielo y la tierra, con el corazón en la mano y el alma completamente conectada con la mía. Me abrazabas cerrando tus ojos en el encuentro de los cuerpos, sin decir nada, sin decir nada... tu calorcito fue un bálsamo y tu piel como pétalos que acariciaron mis manos nerviosas. Fue energía celeste, luz, brillo de astros en el firmamento, magia de luna en Primavera, renacer y cobijo. Fue como siempre entre nosotros, como cuando tú besabas mis labios en silencio o como cuando me escribías que había que defender lo nuestro... hermoso, perfecto, un hechizo bajo la bóveda cósmica e infinita.
Soy Alejandro Magno, conquistando nuevos territorios junto a ti y muriendo en tus brazos (como lo hizo él en brazos de Hefastión, su Príncipe amado); soy Julio César obsesionado por Vercingétorix, un guerrero adolescente; soy el general romano Macrinio que permaneció fiel a su joven Cneo Virgilio; soy Lawrence de Arabia, que disfrutaba del placer con jóvenes árabes; o tal vez Rimbaud enamorado trágicamente de Verlaine y transformado en un poeta maldito; o Miguel Angel que murió en los brazos de Tommaso de'Cavalieri, a quien dedicó los últimos años de su vida; soy Da Vinci que murió en brazos de Francesco Melzi, uno de sus bellos y jóvenes discípulos; soy Oscar Wilde defendiéndose en la corte por haber amado a Sir Alfred Douglas, un joven bello de la nobleza más recalcitrante; soy Federico García Lorca amando al veinteañero Rafael Rodríguez Rapún...
Soy el que soy, aquel que amaste y que hoy no recuerda cómo era el mundo sin ti. Te espero, te extraño, te sigo creyendo Amor de mi Vida.
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