lunes, 29 de octubre de 2007

Viaje a la soledad

No quería regresar. Eso es claro. La Gran Urbe al menos me permitía entrar en la vorágine de la sedación colectiva y llenarse de panoramas anestesiantes. Reviví emociones fuertes en tan sólo un par de semanas: vacío existencial, angustia, extravío, pena, risas, afecto, encuentro y desencuentro. Y - ya saben- hasta fui asaltado con violencia. ¡Heavy!... todo muy heavy. Me he podido dar cuenta que estoy construido de emociones que me hacen viajar muy rápidamente de la razón al ser, de la cabeza al alma sin estaciones intermedias. Creo que, poquito a poquito, estoy re-conociendo mi mundo interno, mi nueva geografía, y dando pasos que me conectan de manera mucho más sólida con esos parajes que me eran desconocidos. Soy un sobreviviente y cada día que pasa, cada nueva jornada, es una nueva oportunidad para comprobar que la vida tiene sentido y que (pese a todo) es posible ser feliz (yo lo fuí y mucho); la "infelicidad" es más bien un constructo intelectual que nos ancla a la razón y no nos deja subir a estadios más sublimes y despejarnos del todo... por eso, es posible contar la épica con sentido trágico. Aunque yo prefiero al menos sonreir en medio de la tragedia... en eso radica la salvación creo yo, en asumir la vida tal cual, con luces y sombras, al derecho y al revés. Vivir, intesamente, pero no dejar que el mundo propio se destruya. Lo puedo decir pues a mí casi se me olvida (¿ o se me olvidó?) que todo lo que he vivido no ha sido nada de ordinario, que cada paso dado significó un costo de oportunidad nada de simple. Y no cualquiera puede plantearse así en esta existencia.
Pero, debo reconocer que después de amar taaaanto no es fácil tomar las maletas, llenarlas de tu mundo y partir a solas, sin más compañía ni complicidad que lo que te ofrece tu propio espíritu. Después de años de dulce compañía, esta vez no hubo nadie en la despedida ni tampoco en el regreso. Eso fue lo más fuerte de este increíble último viaje a la soledad.

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