martes, 20 de noviembre de 2007

Dolor del alma, angustia que mata.

De verdad, nunca me imaginé que algo así me ocurriría en la vida. Había sentido antes nostalgia, pena, dolor inclusive, pero nada ni nadie me había arrastrado hasta el pantano en el cual me encuentro, inmóvil, hundiéndome poco a poco, centímetro a centímetro, en una lenta y asfixiante agonía. Sufro mucho, duele el alma. Los especialistas y los textos académicos de referencia en el tema sostienen que "así es la Depresión", un mal que afecta a millones en el mundo.
En mi caso el proceso que he vivido tiene un claro comienzo y un impredecible final. Ya lo he dicho antes, la primera feroz señal la recibí curiosamente en un Cementerio-Parque, cuando los ojos de mi "Gran Amor" se cruzaron con los míos... esa mirada, recibida a tan sólo unos metros de su origen, me indicó que en ese momento él se lo estaba cuestionando TODO. ¡Terrible!... ¡desolador!... me dijo meses después que en ese momento se estaba preguntando qué pasaría conmigo luego que él hiciera lo que tenía en mente: dejarme e irse de mi vida para siempre. Y lo que ocurrió fue que llegué al Infierno, sumido en el máximo dolor que uno pueda sentir en la vida, sintiendo que todo alrededor se derrumba sin control posible, viendo el alma desnuda y a la intemperie; los huesos se desatornillan y las lágrimas ahogan cualquier intento por ver más allá del horizonte. Primero fue nostalgia, mucha nostalgia; luego se vive la pena, el abandono, la soledad de adentro; el dolor comienza a instalarse en el alma con ferocidad y sin tregua. Ello nos enferma, ¡por supuesto que nos enferma!. A mi me llevó al descalabro emocional y físico, y hoy concretamente me estoy muriendo pues ni la terapia médica ha sido eficaz. Todo ha fallado. Mi Psicoterapeuta me ha dicho que ello puede deberse a que mi corazón sigue roto y mi espíritu ya está muy cansado.
Lo cierto es que hago esfuerzos permanentes por superar su partida y no sentir tan dramáticamente su ausencia, pero casi todo es inútil. Lo extraño, mucho, enormemente. El daño ha sido catastrófico. Me cuesta entender lo que ha pasado. Yo lo amaba - y lo amo- con todas las fuerzas que me fue posible, pero no fue suficiente: él quería otra cosa y no me dí cuenta a tiempo. Ni yo mismo sabía que estaba tan "enamorado" hasta que aquel Principito, mi niño hermoso, me dijo Adios y de un manotazo derrumbó mi existencia. Sin embargo, aún cuando es muy concreto que tengo en el cuerpo una enfermedad mortal (distinta a la cuestión mental), un veneno poderoso que me está matando (mi organismo no responde a los medicamentos), ruego todos los días - llorando- para que él al menos sea muy feliz (y lo pido con humildad, ofrendando mi vida inclusive para que ello sea posible).
Encontré un texto escrito por el psicólogo Alfredo Ruiz (que atiende sólo en Inteco, en la ciudad de Santiago de Chile) y que ilustra un poco mejor - con palabras precisas- lo que me está pasando producto del golpe feroz que significó en mi vida su abrupta partida (y el engaño del que me siento la gran víctima):
Depresión: El mundo distorsionado
Episodios depresivos
Cuando esta manera oscura y dolorosa de ver el mundo se mantiene por lo menos durante dos semanas, se habla de un episodio depresivo. Puede tener funestas consecuencias, y por esta razón, es conveniente recibir ayuda especializada lo antes posible.
La persona presenta algunas conductas muy precisas:
Pierde el interés en casi todas las actividades usuales, y en lo que antes le ocasionaba placer.
Dice estar triste, desesperanzado, desanimado. A menudo recurre a expresiones como "me siento dentro de un hoyo", o "creo que toqué fondo".
Hay trastornos del apetito, generalmente por disminución del mismo, con significativa pérdida de peso. Otras personas muestran un aumento del apetito y del peso. En el caso de los niños, tienden a dejar de comer, estancándose en su desarrollo.
Son comunes los trastornos del sueño: dificultad para quedarse dormido, sueño interrumpido, o demasiado sueño (hipersomnio).
El aspecto sicomotor sufre alteraciones: hay agitación, incapacidad para permanecer tranquilo, estallidos de quejas o gritos. En el otro extremo de esta actitud, hay lentificación sicomotora, que se traduce en un hablar pausado, y movimientos corporales lentos. En los niños se observa una importante disminución de la actividad.
Casi invariablemente decae la energía. La persona experimenta una fatiga constante: hasta la más pequeña tarea puede parecer difícil o imposible de lograr. A esto se agregan sentimientos de minusvalía: e individuo cree que todo lo ha hecho mal, y recuerda sus errores magnificándolos. Se reprocha incluso mínimos detalles, y busca en el ambiente cualquier signo que refuerce esa idea de que él no vale nada. Hay sentimientos de culpa, igualmente exagerados, sobre situaciones presentes o pasadas.
Es frecuente que la persona tenga dificultad para concentrarse y que le cueste tomar decisiones, o recordar nítidamente algunos eventos.
Se presentan pensamientos constantes sobre la muerte, que incluso llevan a elaborar ideas suicidas. Puede sentir miedo de morir, pero está convencido de que él y los demás estarían mejor si falleciera.
Asociado a la depresión está el llanto frecuente, con sentimientos de angustia, irritabilidad, mal genio, preocupación excesiva por la salud física, ataques de pánico y fobias.

No hay comentarios: