Cuando uno menos se lo espera llega. Duele intensamente. Desarma. Desatornilla los huesos y desnuda el alma dejándola a la intemperie. Traspasa el tiempo y maltrata el organismo. No hay piedad ante ella, uno cae de rodillas porque las piernas fallan. Nada es suficiente y todo es demasiado. Golpea brutalmente. Lacera, inmoviliza, destruye. La traición y la mentira saben provocarla muy bien. La invitan disfrazada y llega, apoderándose de todo y no dejando nada. Depresión Mayor Severa la llaman los terapeutas de los rollos humanos. Sí, nada hay más terrible que una enfermedad que se incrusta en el corazón, el cerebro y el alma. Por eso, los días se vuelven negros y todo pierde su sentido. Dan ganas de dejar que las lágrimas la ahoguen o parar definitivamente con ella, de una maldita vez y para siempre, disparándose relajadamente al infinito, fundiéndose con la inmensidad del cosmos, sin continente y libre, fluyendo eternamente. Más aún cuando hay trampas en el camino que provocan el vértigo, dejando el espíritu vacío y solo en medio del vasto horizonte polar del dolor extremo, sin forma, sin físico.
Cuando se ama intensamente, sin restricciones ni medidas, cuando la entrega es suprema y se deja cada músculo en el encuentro carnal, cuando lo esencial se derrama en el éxtasis, uno quiere que dure para siempre. Pero, ya lo dije, cuando menos se lo espera llega, dando un manotón feroz a los sueños y quebrantando las ganas. Es una cuchillada certera que mata. Aunque el Amor también salva.
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