Regañabas todo el viaje de ida. Pero igual no más te aventuraste a subir por el borde de aquella montaña. Una mala maniobra y volaríamos como Telma&Louis por el precipicio que estaba al costado derecho (esa película ganadora del Oscar en cuatro categorías en 1991, dirigida por Ridley Scott y protagonizada magistralmente por Susan Sarandon y Geena Davis ). El auto se portó de mil maravillas y, luego de trepar por aquel escarpado lugar cordillerano, llegamos al destino deseado: El Parque Alerce Andino. La misión era una sola, caminar e internarnos por el bosque hasta poder abrazar uno de esos árboles milenarios. Fuiste mi camarada, mi cómplice, y nuestros corazones palpitantes se encontraron en la misma emoción en medio de la foresta. Te lo agradezco. Nunca te ha gustado mucho el esfuerzo físico, salvo el necesario para conseguir explotar en placer carnal (en eso eres experto y me diste clases, bombón, pedacito de cielo).
Luego de atravesar por esos parajes y de avanzar en medio de la inmensidad verde, la caminata se puso cuesta arriba, había escaleras de madera humedecida y jabonosa por la humedad reinante... cansados, jadeantes (como luego de un buen revolcón de nuestros cuerpos), subimos por la alta cordillera, vencimos a la tarde y llegamos - tu unos pasos más atrás- hasta una mágica cascada de aguas eternas y heladas. Enorme, majestuosa, con torbellinos y turbulencias sonoras. Una suave brisa de gotas refrescantes mojaron nuestros rostros. Lo habíamos logrado amor, estábamos sintiendo juntos la inmensidad de la historia resumida en ese lugar, sentados arriba de todo, siendo dueños - tu y yo- de aquel momento. Cerramos los ojos para escuchar el agua caer e imaginarnos cada uno un viaje sensitivo y sensacional. Luego, unos metros más allá, pudimos por fin reverenciar a ese árbol majestuoso: el mudo Alerce que se erigía imponente y misterioso rumbo al cielo siempre eterno.
Y regresamos, por la misma ruta, intentando descubrir duendes, hadas o elfos escondidos entre los follajes. Cada mirada cruzada, cada palabra pronunciada, cada gesto de tu rostro agitado, sí, lo recuerdo claramente todo. De las imágenes tomadas sólo quedan las que mi memoria fue capaz de almacenar y las que tú mantienes en tu alma. No hay más. Pero, si tú quieres, podemos volver a intentarlo, y esta vez llegar más alto, hasta la cima del bosque y perdernos para siempre en esa geografía.
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